Opinión: ¿Qué nos regala el sacrificio de Antonia?

Claudio Nuñez

Por Dra. María Cecilia Fernández Darraz, Directora de Género, Universidad Católica de Temuco.

Aún estamos lejos de conocer el desenlace de lo que Temuco, Chile entero, y parte del mundo conocen como el “caso Antonia”. Sin embargo, y luego de un largo y doloroso andar de su familia y de su entorno cercano, el sacrificio de Antonia (como lo define Marcela, su madre) nos va dejando regalos invaluables que como sociedad tenemos el deber de atesorar y de cuidar para que se instalen, de una vez y para siempre, en nuestra convivencia, pues detrás de ellos hay mucho sufrimiento y un arduo esfuerzo por lograr justicia. Además, tenemos la obligación de cuidarlos, porque éste ha sido un tiempo en que muchas mujeres que han vivido experiencias similares, se han sentido identificadas y han vuelto a experimentar las terribles sensaciones del abuso; pero también porque hemos revivido, con impotencia, el sacrificio de tantas que no fueron escuchadas, creídas y que quedaron estigmatizadas, revictimizadas y desprovistas de justicia.

Una de las cosas que nos regala el sacrificio de Antonia, es la esperanza de confiar en la justicia y en que los Tratados Internacionales suscritos por Chile pueden tener espacio en un proceso judicial. La Convención de Belém do Pará fue parte del repertorio discursivo de quienes en los ’90 caminamos por la aún más incomprendida y hostil senda de la defensa del derecho de las mujeres a una vida libre de violencia. A pesar de la convicción de ese entonces, probablemente nunca la percibimos tan concreta y tan posible como el 24 de julio de 2020, cuando la Corte de Apelaciones de Temuco escuchó los alegatos de reclamación frente a la medida cautelar decretada en primera instancia por el Juzgado de Garantía.

El sacrificio de Antonia también nos regala optimismo. Nos obsequia con un cierto nivel de certidumbre de que las mujeres que viven experiencias tan traumáticas como la violencia sexual pueden ser escuchadas, en lugar de ser cuestionadas y culpabilizadas. Es claro que aún hay mucho camino por andar, porque todavía está presente la misoginia que responsabiliza a las víctimas por haber consumido alcohol o por andar “solas”. Además, comienza lentamente a iluminarse la nube gris que rodea al consentimiento, porque las redes sociales se inundaron de mensajes al respecto y porque el “no, es no” estuvo presente en los alegatos.

Debemos estar conscientes que hay una ardua tarea que hacer, especialmente con niños, niñas y jóvenes. Tal vez injustamente, porque sentimos que no fuimos capaces de lograrlo, en ellos y ellas depositamos buena parte de nuestras esperanzas de un mundo mejor y más justo. Sin lugar a dudas, el sacrificio de Antonia nos deja muchos más regalos y una gran responsabilidad a quienes habitamos este país. No podemos permitir que su dolor y el andar de su padre, de su madre, de toda su familia, de sus amigas y amigos, sea en vano. En Antonia se nos representa el martirio de muchas mujeres y el calvario de otras tantas familias que nos piden, a gritos, remecer nuestras conciencias y proteger esos preciados bienes que hoy tenemos en nuestras manos.

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